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4:45 AM, Mar. 25, 2008 .. 0 comments .. Link

Defenderse como un león.

No presentamos opinión alguna (ojo), sino datos puros. Es como si nos convirtiéramos en una computadora que sólo hace eso, dar la información que es requerida. En una reunión el líder puede decir: “ Señores, es necesario que nos pongamos el sombrero blanco respecto a las fallas que se producen en la línea 2” y todos darán información sobre estas fallas, no opiniones, sino datos y hechos. El gran problema que existe es que normalmente pedimos información del tipo sombrero blanco y recibimos una mezcla de datos con opiniones personales que se cuelan como datos y no podemos distinguir el límite entre uno y el otro, lo que le hace perder eficacia. Este es el famoso telefono malogrado que desterraremos con el sombrero blanco. ¡Y qué finos instrumentos de observación son nuestros sentidos! El olfato, por ejemplo, del que ningún filósofo ha hablado con veneración y gratitud, es hoy por hoy el instrumento más sensible de que disponemos, siendo capaz de captar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni aun el espectroscopio registra. Poseemos hoy ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos; en que hemos aprendido a aguzarlos aún más, armarlos, llevarlos a sus últimas consecuencias. Todo lo demás es chapucería y seudociencia, quiere decir, metafísica, teología, sicología, teoría del conocimiento, o bien ciencia formal, ciencia de los signos, como la lógica y las matemáticas, esa lógica aplicada. Ellas no tratan de la realidad, ni siquiera como problema; tampoco de la cuestión del valor, de tal convencionalismo de signos, como es la lógica. La otra condición de los filósofos no es menos peligrosa; consiste en confundir lo último con lo primero. Sitúan lo que se presenta al final, ¡desgraciadamente, pues no debiera presentarse!, los “conceptos más elevados”, esto es, los más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora, en el comienzo, como comienzo. Se expresa una vez más su manera de venerar: según ellos, lo elevado no debe desprenderse de lo bajo, no debe desarrollarse, en fin... Moraleja: todo cuanto es de primer orden ha de ser causa sui. El origen extrínseco se considera una objeción, algo que pone en tela de juicio el valor. Todos los más altos valores son de primer orden; todos los conceptos más elevados, el Ser, el absoluto, el bien, lo verdadero, lo perfecto; todo esto no puede ser algo posible y, por ende, debe ser causa sui. Mas todo esto tampoco puede ser desigual entre sí, estar en contradicción consigo mismo... Así llegan a su estupendo concepto “Dios”... Lo último, lo más abstracto y huero es establecido como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum,... ¡Por qué la humanidad habrá tomado tan en serio las afecciones cerebrales de sutiles enfermos! ¡Bien caro lo pagó! ... Moral para médicos. El enfermo es un parásito de la sociedad. En un determinado estado resulta indecente seguir con vida. Debiera sentir la sociedad un desprecio profundo por quien arrastra una existencia precaria en cobarde dependencia de médicos y practicantes, una vez perdido el sentido de la vida, el derecho a la vida. Los médicos, por su parte, debieran ser los agentes de este desprecio, procurando en vez de recetas una renovada dosis de asco a su paciente... Hay que crear una responsabilidad nueva, la del médico, para todos los casos en que el interés supremo de la vida, de la vida ascendente, exige la represión implacable de la vida degenerada; por ejemplo, respecto al' derecho a la procreación, al derecho de nacer, al derecho de vivir... Morir de una muerte orgulIosa, cuando ya no es posible vivir una vida orgullosa. Optar por la muerte espontánea y oportuna, consumada con claridad y alegría, rodeado de hijos y testigos, de suerte que es todavía posible una verdadera despedida donde está todavía ahí el que se despide, así como una verdadera apreciación de lo realizado y lo intentado, un balance de la vida, en oposición a la miserable y pavorosa farsa en que el cristianismo ha convertido la hora postrera. ¡No debiera perdonarse jamás al cristianismo haber abusado de la debilidad del moribundo para hacer violencia a la conciencia, de la forma de la muerte para valorar al hombre y su pasado! En este punto, frente a todas las cobardías del prejuicio, corresponde establecer, ante todo, la apreciación correcta, esto es, fisiológica, de la llamada muerte natural, que a su vez no es, en definitiva, sino una muerte “antinatural”, un suicidio. Nadie muere por culpa ajena, sino únicamente por culpa propia. Sólo que ella es la muerte que se produce en las circunstancias más despreciables: una muerte impuesta, a destiempo, una muerte cobarde. Por amor a la vida se debiera procurar una muerte diferente: libre, consciente, sin contingencia ni coerción... Por último, he aquí un consejo dirigido a los señores pesimistas y demás décadents. No está en nuestro poder no nacer, pero sí nos es dable subsanar lo que a veces resulta efectivamente un defecto. Quien se elimina realiza algo respetable; quien hace esto, casi merece vivir... La sociedad, ¡qué digo!, la vida misma se beneficia con semejante gesto más que con cualquier “vida” vivida con resignación, anemia y otras virtudes; se ha quitado de la vista de los demás, convirtiéndose en una objeción a la vida... El pesimismo pur, vert, sólo queda probado por la autorrefutación de los señores pesimistas; hay que avanzar un paso más en su lógica, negar la vida no sólo con “voluntad y representación”, como lo hizo Schopenhauer, sino negando primero a Schopenhauer... El pesimismo, dicho sea de paso, a pesar de ser contagioso, no acrecienta la morbosidad de una época, de una raza, en su conjunto; es la expresión de la misma. Se cae en él como en el cólera, que sólo ataca al que está predispuesto. El pesimismo no aumenta el número de los décadents; recuérdense también las estadísticas según las cuales los años en que causa estragos el cólera no se diferencian de los otros años respecto al número total de fallecimientos. ¿Hemos progresado en moralidad? Como era de esperar, contra mi concepto “más allá del bien y del mal” se ha alzado toda la ferocidad del entontecimiento moral, confundida en Alemania con la moral misma; podría contar cosas muy sugestivas al respecto. Sobre todo, se me hizo notar la “superioridad innegable” de nuestra época respecto al juicio moral, al progreso efectivamente realizado por nosotros en este terreno, señalando que es de todo punto inadmisible aceptar la comparación de Cesare Borgia con nosotros, como “hombre superior”, como una especie de superhombre, según yo he afirmado... Un redactor suizo del Bund, al rendir homenaje a la valentía de tan arriesgada iniciativa, llegó hasta a “entender” el sentido de mi obra como cruzada por la abolición de todos los sentimientos decentes. ¡Muchas gracias! A modo de respuesta, me permito plantear el interrogante de si realmente hemos progresado en moralidad. No puedes imaginarte como te hecho de menos... Aquí no tengo a nadie a quien confiar el lado bueno y el malo de mi vida, y esto es para mí una sensación nueva. Por si fuera poco, tampoco simpatizo con ninguno de mis colegas... Acabo de obtener el doctorado, y este hecho supones para mí la confesión más vergonzosa de ignorancia. La profesión de filólogo cada vez se aleja más de cualquier aspiración crítica, fuera de los horizontes del helenismo. Dudo incluso si devendré algún día un auténtico filólogo. Si la casualidad no me ayuda, no lo lograré de ninguna forma. El motivo es que, por desgracia, carezco de modelos, y me veo a mí mismo acercándome a pasos agigantados al abismo de la pedantería... ¡Que no daría yo por vivir juntos los dos!... He dado una conferencia sobre Sócrates y la tragedia que ha provocado un gran revuelo, amén de interpretaciones equivocadas, pero me ha servido para estrechar aún más si cabe los lazos con mis amigos de Tribschen. Espero que mi suerte cambie: hasta Richard Wagner me ha sugerido de la forma más enternecedora el destino que considera más apropiado para mí... Ciencia, arte y filosofía forman un amasijo tan informe en mi interior que puede que algún día engendre monstruos. Convendremos, en qué sentido precisamente ese fenómeno de nuestra vida moderna, y para hablar con propiedad, de la Europa cristiana y su Estado, ante todo la “civilización” romana ahora predomínate en todas partes, descubren la enorme tara que afecta a nuestro mundo: todos nosotros, con todo nuestro pasado, somos culpables, de semejante terror manifestado a la luz del día: de modo que, desde lo alto del sentimiento por nosotros mismos, deberíamos estar muy lejos de querer imputar el crimen de un combate contra la cultura a estos desdichados. Sé lo que quiere decir esto: el combate contra la cultura. La noticia del incendio parisino [se refiere a los episodios de La Comuna y a la noticia falsa y que para esta época él ya debía saber que era falsa del incendio del Louvre] me dejó anonadado durante varios días, me deshacía en lagrimas y dudas: empecé a ver el conjunto de nuestra existencia científica, filosófica y artística como un absurdo, porque un solo día basta para borrar las supremas maravillas quizá de periodos enteros del arte: me aferré con firme convicción al valor metafísico del arte, que no puede existir por culpa de la pobre gente, pero debe cumplir misiones más altas. Pero, a pesar de mi extremo pesar, no estaba en condiciones de arrojar la más mínima piedra a esos profanadores, que, para mí, sólo eran agentes de la culpabilidad universal, ¡sobre la que hay tanto que meditar! Estimado señor consejero privado: espero que no se molestara usted si le digo, con absoluta franqueza, que me asombra no haber escuchado de sus labios la más mínima palabra amable sobre el libro que acabo de publicar [El nacimiento de la tragedia], sobre todo porque se trata de una especie de manifiesto, y desde luego, invita a todo menos al silencio. Probablemente el asombrado será usted, respetado maestro, si continúa leyendo: yo creía que de encontrar usted algo prometedor en su vida sería este libro, prometedor para el conocimiento que tenemos de la Antigüedad, prometedor para el espíritu alemán, aun cuando cierto individuos tuvieran que perecer por ello. En efecto, por mi parte al menos, yo no dejaría de extraer de mis puntos de vista todas las consecuencias prácticas que ellas comprenden, y usted se hará una idea de ello si yo doy aquí conferencias públicas Sobre el porvenir de nuestros establecimientos educativos. Me siento –puede usted creerlo– desprovisto de ambiciones y prudencias personales; y no buscando nada para mí, es para los demás que espero hacer algo. –Lo que más me importa es adueñarme de la joven generación de filólogos, y pensé que sería un pobre signo el que no pudiera conseguirlo. Su silencio, pues, me intranquiliza un poco. No es que haya dudado ni un solo instante de su simpatía por mí, de la cual fui de una vez por todas persuadido, pero precisamente por esa simpatía podría interpretar esto ahora como una especie de recelo personal para conmigo. Es para disiparlo que le escribo

Hacer pellas.

Todas las pasiones atraviesan una etapa en que son pura fatalidad, abismando a su víctima por el peso de la insensatez, y por otra, muy posterior, en que se desposan con el espíritu, se “espiritualizan”. En tiempos pasados, a causa de la insensatez inherente a la pasión, se hizo la guerra a la misma trabajando por su destrucción; todos los antiguos monstruos de la moral coincidían en exigir: “hay que acabar con, las pasiones”. La fórmula más célebre al respecto está en el Nuevo Testamento, en ese Sermón de la Mon­taña, donde, dicho sea de paso, nada se contempla desde lo alto. Allí se dice, por ejemplo, con respecto a la sexualidad: “Si te fastidia tu ojo, sácalo.” Por fortuna, ningún cristiano cumple tal precepto. Destruir las pasiones y los apetitos nada más que para preve­nir su insensatez y las consecuencias desagradables de su insensatez se nos antoja hoy, a su vez, una mera forma aguda de la insensatez. Ya no admiramos a los dentistas, que extraen los dientes para que no duelan más... Ahora bien, admitamos en honor a la verdad que en el clima en que nació el cristianismo ni podía concebirse el concepto “espiritualización de la pasión”. Sabido es que la Iglesia primitiva luchó contra los “in­teligentes” en favor de los pobres de espíritu; ¿cómo iba a librar a la pasión una guerra inteligen­te? Combate la Iglesia la pasión apelando a la extir­pación de todo sentido; su práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sen­sualidad, el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la prác­tica de la Iglesia es antivital... Escorts en Barcelona Supongamos, partiendo de nuestro ejemplo, que el tiempo de circulación se reduzca de 3 semanas a 2. Y que esto no sea normal, sino consecuencia, digamos de una época próspera en los negocios, del acortamiento de los plazos de pago, etc. El capital de 600 libras esterlinas invertido durante el período de trabajo refluye una semana antes de lo necesario y queda, por tanto, disponible durante esta semana. Además, quedan disponibles al llegar a la mitad del período de trabajo, lo mismo que antes, 300 libras esterlinas (parte de aquellas 600). aunque ahora por 4 semanas en vez de 3. Por consiguiente, aparecerán en el mercado de dinero durante una semana 600 libras esterlinas, y 300 durante 4 semanas en vez de 3. Y como esto no afecta a un solo capitalista, sino a muchos, y se produce en distintos períodos y en diversas ramas industriales, se acumula en el mercado, por esta misma razón, más dinero disponible. Si este estado de cosas se mantiene durante algún tiempo, la producción se extenderá, allí donde ello sea posible; los capitalistas que trabajen con capital prestado ejercerán menos demanda sobre el mercado de dinero, lo que aliviará este mercado lo mismo que un aumento de la oferta, finalmente, puede también ocurrir que las sumas que el mecanismo deje sobrantes sean lanzadas definitivamente al mercado de dinero. Escorts en BCN Puede ocurrir que esta pérdida del vendedor se traduzca en una ganancia para el comprador. Directamente, cuando el producto sólo baje de precio por la coyuntura fortuita del mercado, para volver a recobrar luego su precio normal. Indirectamente, cuando el cambio de precio obedezca al cambio de valor reaccionando sobre el producto anterior, y cuando este producto entre a su vez como elemento de producción en otra rama de producción, en la que deje disponible una parte proporcional de capital. En ambos casos, puede ocurrir que el capital perdido para X y para cuya reposición presione sobre el mercado de dinero, sea aportado por quienes deseen ayudarle en sus negocios, como nuevo capital adicional. En este caso, se operará una simple transferencia. Escorts de lujo Podríamos explicar esto a la luz de un ejemplo sacado de la historia de la química. Putas de lujo en Barcelona Pasemos ahora al segundo período del tiempo de circulación: el tiempo de compra, o sea, el período en que el capital revierte de la forma dinero a los elementos del capital productivo. El capital, du­rante este período, no tiene más remedio que mantenerse más o me­nos tiempo bajo la forma de capital–dinero; es decir, una cierta parte del capital global desembolsado debe adoptar constantemente esa forma, aunque esta parte se halle formada por elementos constante­mente variables. En una determinada industria, será necesario que del capital total desembolsado existan bajo forma de capital–dinero n X 100 libras esterlinas, de modo que mientras todos los elementos integrantes de estas n X 100 libras se van convirtiendo constante­mente en capital productivo, esta suma vaya completándose constan­temente también con el reflejo de la circulación, con el capital­–mercancías, a medida que vaya realizándose. Una determinada parte de valor del capital desembolsado reviste, pues, constantemente la forma de capital–dinero, es decir, una forma propia de la órbita de circulación y no de la esfera de producción. Señoritas de compañía en Madrid La parte del capital productivo latente que existe disponible simplemente como condición para el proceso de producción, tal como el algodón, el carbón, etc., en las fábricas de hilados de algodón, no actúa como factor creador de producto, ni como agente creador de valor. Es capital inactivo, aunque esta inactividad sea condición indispensable para el curso ininterrumpido del proceso de producción. Los edificios, aparatos, etc., necesarios como receptáculos de la reserva productiva (del capital latente) son, asimismo, condiciones del proceso de producción y forman, por tanto, parte del capital productivo desembolsado. Cumplen su función de conservar las partes productivas durante la fase preparatoria. Los procesos de trabajo que pueden ser necesarios en esta fase encarecen las materias primas, etc., pero son trabajos productivos y crean plusvalía, puesto que una parte de ellos, al igual que todo trabajo asalariado, queda sin retribuir. Las interrupciones normales de todo el proceso de producción y, por tanto, los intervalos en que el capital productivo no funciona, no producen valor ni plusvalía. De aquí la tendencia a que la jornada de trabajo se extienda también durante la noche (libro I, cap. XVIII, [pp. 455 ss.]). Los intervalos en el tiempo de trabajo a que debe someterse el objeto de trabajo durante el mismo proceso de producción, no crean valor ni plusvalía; pero fomentan el producto, constituyen una parte de su vida, un proceso por el que necesariamente tiene que pasar. El valor de los aparatos, etc., se transfiere al producto en proporción a, tiempo total durante el cual funciona; el producto es situado en esta fase por el trabajo mismo, y el empleo de estos aparatos constituye una condición tan necesaria de la producción como limpiar de polvo una parte del algodón, operación que, aún no incorporando nada al producto, le transfiere, sin embargo, un valor. La otra parte del capital latente, la formada por los edificios, las máquinas, etc., es decir, por los medios del trabajo cuyo funcionamiento sólo se interrumpe en las pausas regulares del proceso de producción, las interrupciones irregulares nacidas de entorpecimientos de la producción, crisis, etc., representan puras pérdidas, añaden valor sin entrar en la formación del producto; el valor total que añaden a éste se determina por su duración medía; por ser un valor de uso, pierde valor tanto en el tiempo durante el cual funciona como en el tiempo que permanece inactivo. Clubs de alterne en valencia la magnitud acrecentada sólo el indicada por M', pero no por T' ni por Mp'. Pero, como M es la suma de T más Mp, M' indica ya que la suma de T más Mp contenida en ella es mayor que el primitivo P. Además, la fórmula T' y Mp' sería falsa, pues, como sabemos, el crecimiento del capital lleva aparejado un cambio de su composición de valor, en el transcurso del cual el valor de Mp aumenta, mientras que el de T disminuye siempre en términos relativos y con frecuencia, además, en términos absolutos. Madrid Chicas compañía Es ley general de la producción de mercancías, como más arriba hemos dicho, la de que la productividad del trabajo y su creación de valor se hallan en razón inversa. Esta ley es aplicable a todas las industrias, incluyendo la del transporte. Cuanto menor es la cantidad de trabajo, muerto y vivo, que reclama el transporte de la mercancía para una distancia dada, mayor es la productividad del trabajo, y viceversa.9 Putas en Marbella En las fases aún incipientes de la sociedad capitalista, las empre­sas que requieren un largo periodo de trabajo, y por tanto una gran inversión de capital para mucho tiempo, sobre todo cuando las obras sólo pueden ejecutarse en gran escala, no pueden llevarse a cabo, como ocurre, por ejemplo, con los canales las carreteras, etc., más que al margen del capitalismo, a costa del municipio o del Estado (en tiempos antiguos, en lo que a la fuerza de trabajo se refiere, casi siempre en forma de trabajos forzados). Otras veces, los productos cuya elaboración exige un largo período de trabajo sólo en una parte pequeñísima son fabricados mediante el patrimonio mismo del capitalista. Así, por ejemplo, en la construcción de casa, la persona por cuenta de la cual se construye la casa va haciendo anticipos gradualmente al contratista constructor. Es decir, en rea­lidad, va pagando la casa fragmentariamente, a medida que avanza su proceso de producción. En cambio, en la era capitalista avanzada, en que se concentran en manos de unos cuantos grandes masas de capital y en que, además, aparece al lado de los capitalistas individuales el capitalista asociado (las sociedades anónimas), desarrollán­dose al mismo tiempo el sistema de crédito, sólo en casos excepcio­nales intervienen los contratistas capitalistas de construcciones por cuenta de los particulares. Su negocio consiste en construir bloque de casas y barrios enteros para luego lanzar las casas al mercado, lo mismo que ciertos capitalistas negocian con la construcción de ferro­carriles por contrata. Madrid agencias relax En cuanto al capital variable, o sea, la parte del capital productivo invertida en fuerza de trabajo, ésta se compra por determinado tiempo. Una vez que el capitalista la ha comprado y la incorpora al proceso de producción, forma parte integrante de su capital y es, concretamente, su parte variable. La fuerza de trabajo actúa diariamente durante un período de tiempo, al cabo del cual no sólo reproduce su valor diario íntegro, sino que añade, además, al producto, un remanente, la plusvalía, del que por el momento prescindimos aquí. Tan pronto como la fuerza de trabajo, comprada, por ejemplo, durante una semana, ha dado su rendimiento, se hace necesario renovar constantemente la compra dentro de los plazos usuales. El equivalente de su valor, que la fuerza de trabajo añade a su producto mientras funciona y que la circulación del producto convierte en dinero, tiene que volver a convertirse constantemente de dinero en fuerza de trabajo o recorrer constantemente el ciclo completo de sus formas; es decir, tiene que describir su rotación, para que el ciclo de la producción continua no se interrumpa. señoritas de compañía en barcelona El desplazamiento del lugar del objeto sobre que recae el trabajo y de los medios y fuerzas de trabajo necesarios para ejecutarlo –por ejemplo, del algodón al trasladarse de la sección de cardado a la sección de hilado, o del carbón al salir del pozo a la bocamina– tiene una gran importancia en todo proceso de producción. El traslado del producto terminado como mercancía elaborada de un centro independiente de producción a otro geográficamente alejado de aquél, representa el mismo fenómeno, aunque en mayor escala. El transporte de los productos de un centro de producción a otro va seguido por el de los productos terminados de la órbita de producción a la órbita de consumo. Mientras no se realiza este movimiento, el producto no está en condiciones de ser consumido. acompañante barcelona D – T es la fase característica de la conversión del capital–dinero en capital productivo, ya que constituye la condición esencial para que el capital desembolsado en forma de dinero se convierta realmente en capital, en valor creador de plusvalía. D – Mp no tiene más finalidad que facilitar la realización de la masa de trabajo comprada por medio de D – T. Por tanto, desde este punto de vista, la fórmula D – T fue expuesta en el libro I, sección II: transformación del dinero en capital. [pp. 103–129]. Aquí, debemos examinar el problema desde otro punto de vista, refiriéndonos especialmente al capital–dinero como forma de manifestarse el capital. Escortservice Barcelona

Sacar tajada de algo.

Aquí, sólo nos referimos al carácter general de los gastos de circulación que surgen de la metamorfosis puramente formal. No hay para qué entrar en todas sus formas de detalle. Pero, los simples cobros y pagos de dinero, en la medida en que son función exclusiva de los bancos, etc., o del cajero de una empresa individual, función concentrada en gran escala y realizada con carácter independiente, indican cómo ciertas formas pertenecientes a la transformación puramente formal del valor, y que, por tanto, responden a la forma social concreta del proceso de producción y que, tratándose del productor individual de mercancías son fenómenos insignificantes y apenas perceptibles, pueden discurrir aquí al lado de sus funciones productivas y entrelazarse con ellas, y cómo pueden saltar a la vista, al presentarse como gastos de circulación en masa. Lo que interesa retener es que estos gastos de circulación no cambian de carácter por el simple hecho de cambiar de forma. deliciasbcn.com 4) Puesto que D', el capital–dinero realizado, como resultado de M'–D' de la fase complementaria y última de D–M, aparece en absoluto, bajo la misma forma con que comenzaba su primer ciclo, puede reanudar el mismo ciclo tal y como brota de él, como capital–dinero acrecentado (acumulado): D' = D + d; y, por lo menos en la forma de D... D', no se expresa que, al repetirse el ciclo, la circulación de d se desdoble de la de D. Por tanto, si nos fijamos en su forma primera, antes de repetirse, desde un punto de vista formal, vemos que el ciclo del capital–dinero sólo expresa el proceso de valorización y de acumulación. Aquí el consumo sólo se expresa como consumo productivo por Clubs de alterne en Madrid expresa un capital productivo que se reproduce en mayor escala y con mayor valor y que inicia su segundo ciclo o, lo que es lo mismo, renueva el primero, como un capital productivo acrecentado. Tan pronto como comienza este segundo ciclo, volvemos a encontrarnos con P como punto de partida; sólo que este P es un capital productivo mayor que el primero. Así, si en la fórmula D... D' el segundo ciclo comienza por D´, D' funcionará como D, como capital–dinero desembolsado de una determinada magnitud; será un capital–dinero mayor que aquel con que comenzó el primer ciclo, pero toda referencia a su acrecentamiento por medio de la capitalización de plusvalía se borra tan pronto como aparece en función de capital–dinero desembolsado. Su origen queda cancelado y desaparece bajo la forma de un capital dinero que comienza su ciclo. Y lo mismo P´, a partir del momento en que funciona como punto de partida de un nuevo ciclo. http://www.erosbcn.com Tinker's End, cerca de Winslow: Un dormitorio, compartido por 4 adultos y 4 niños, 11 pies de largo por 9 de ancho y 6 pies y 5 pulgadas de alto en el sitio de máxima altura; otro, 11 pies y 3 pulgadas de largo por 9 de ancho y 5 pies y 10 pulgadas de alto, albergaba a 6 personas. Cualquiera de estas familias disponía de menos espacio que el que disfruta un forzado de galeras. Ninguna casa tenía más de un dormitorio; en ninguna había puerta trasera; el agua era rarísima. Tipo de alquiler: de 1 chelín y 4 peniques a 2 chelines. En las 16 casas visitadas, sólo se encontró un hombre que ganase 10 chelines semanales. La reserva de aire que se dejaba a cada inquilino, en los casos a que nos referimos, viene a ser la que tendrían si se les encerrase por la noche en una caja de 4 pies cúbicos. Cierto es que las viejas chozas brindan a sus habitantes gran abundancia de ventilación natural. begleitservice Madrid Por tanto, de una parte, conforme progresa la acumulación, a mayor capital variable se pone en juego más trabajo, sin necesidad de adquirir más obreros; de otra parte, el mismo volumen de capital variable hace que la misma fuerza de trabajo despliegue mayor trabajo y, finalmente, moviliza una cantidad mayor de fuerzas de trabajo inferiores, eliminando las más perfectas. Escortservice Madrid Partiendo de los límites fijos de la jornada de trabajo a – c, la línea b – c puede prolongarse, no desplazando su punto final c, que es intangible, puesto que constituye al mismo tiempo el punto final de la jornada, sino desplazando hacia atrás, hacia a, su punto inicial, b. Supongamos que en la línea a – – – – – – – – –b' – b – – c el segmento b' – b equivale a la mitad de b – c o a una hora de trabajo. Si en la jornada de trabajo de 12 horas representada por la línea a – c el punto b pasa a ocupar el puesto de b', el segmento b – c se prolongará hasta adquirir las proporciones de b' – c y el trabajo excedente aumentará en un cincuenta por ciento, de 2 horas a 3, a pesar de mantenerse intacta, en sus 12 horas, la jornada de trabajo. Pero, para que el trabajo excedente pueda prolongarse de b – c a b' – c, de 2 horas a 3, es indispensable, evidentemente, que el trabajo necesario se comprima de a – b a a – b, de 10 horas a 9. En estas condiciones, la prolongación del trabajo excedente lleva aparejada la reducción del trabajo necesario; es decir, exige que una parte del tiempo de trabajo que el obrero venia empleando para sí mismo se convierta en tiempo de trabajo invertido para el capitalista. Lo que varía no es la longitud de la jornada de trabajo, sino su división en trabajo necesario y trabajo excedente. girlsmarbella.com La supeditación técnica del obrero a la marcha uniforme del instrumento de trabajo y la composición característica del organismo de trabajo, formado por individuos de ambos sexos y diversas edades, crean una disciplina cuartelaria, que se desarrolla hasta integrar el régimen fabril perfecto, dando vuelos al trabajo de vigilancia a que nos hemos referido más atrás y, por tanto, a la división de los obreros en obreros manuales y capataces obreros, en soldados rasos y suboficiales del ejército de la industria. "La principal dificultad, en la fábrica automática... estribaba... en la disciplina necesaria para hacer que los obreros renunciasen a sus hábitos irregulares dentro del trabajo, identificándolos con la regularidad invariable del gran autómata. Pero, el encontrar y aplicar con éxito un código disciplinario congruente con las necesidades y con la rapidez del sistema automático, era una empresa digna de Hércules, empresa que llevó a cabo Arkwright con su noble obra. Sin embargo, aun hoy día, en que el sistema se halla perfectamente organizado, resulta ya casi imposible... encontrar entre los obreros adultos, auxiliares útiles para el sistema automático."102 El código fabril en que el capital formula, privadamente y por su propio fuero, el poder autocrático sobre sus obreros, sin tener en cuenta ese régimen de división de los poderes de que tanto gusta la burguesía, ni el sistema representativo, de que gusta todavía más, es simplemente la caricatura capitalista de la reglamentación social del proceso de trabajo, reglamentación que se hace necesaria al implantarse la cooperación en gran escala y la aplicación de instrumentos de trabajo colectivos, principalmente la maquinaria. El látigo del capataz de esclavos deja el puesto al reglamento penal del vigilante. Como es lógico, todas las penas formuladas en este código se traducen en multas y deducciones de salario, el ingenio legislativo del Licurgo fabril se las arregla de modo que la infracción de sus leyes sea más rentable para el capitalista, si cabe, que su observancia.103

La deuda pública se convierte en una de las más poderosas palancas de la acumulación originaria. Es como una varita mágica que infunde virtud procreadora al dinero improductivo y lo convierte en capital sin exponerlo a los riesgos ni al esfuerzo que siempre lleva consigo la inversión industrial e incluso la usuraria. En realidad, los acreedores del estado no entregan nada, pues la suma prestada se convierte en títulos de la deuda pública, fácilmente negociables, que siguen desempeñando en sus manos el mismísimo papel del dinero. Pero, aun prescindiendo de la clase de rentistas ociosos que así se crea y de la riqueza improvisada que va a parar al regazo de los financieros que actúan de mediadores entre el gobierno y el país –así como de la riqueza regalada a los rematantes de impuestos, comerciantes y fabricantes particulares, a cuyos bolsillos afluye una buena parte de los empréstitos del estado, como un capital llovido del cielo–, la deuda pública ha venido a dar impulso tanto a las sociedades anónimas, al tráfico de efectos negociables de todo género como al agio; en una palabra, a la lotería de la bolsa y a la moderna bancocracia. raquelmimosa.com 105 En la sección primera del libro tercero de esta obra, informaré acerca de una campaña abierta en estos últimos tiempos por los fabricantes ingleses contra las cláusulas de la ley fabril, que tienden a proteger los miembros de los obreros en el manejo de máquinas peligrosas. Aquí, baste con traer una cita tomada de un informe oficial del inspector fabril Leonhard Horner: "He oído a fabricantes hablar con una frivolidad imperdonable de ciertos accidentes del trabajo, decir, por ejemplo, que la pérdida de un dedo no tenía importancia. La vida y el porvenir de un obrero dependen hasta tal punto de sus dedos, que la pérdida de uno representa para ellos un suceso de extrema gravedad. Cuando oigo hablar con tanta ligereza, suelo formular a quienes así hablan esta pregunta: supongamos que necesitan poner ustedes a un obrero a trabajar y que se presenten a solicitar el puesto dos, ambos igualmente expertos y celosos, pero uno con el pulgar o con el dedo índice amputado ¿a cuál de los dos elegirían? Y jamás se ha dado el caso de que vacilasen en contestar que elegirían al que no tuviese ningún dedo mutilado. Estos señores fabricantes abrigan una serie de prejuicios falsos contra lo que ellos llaman la legislación seudo filantrópica." (Reports of Insp. of Fact. for 31 st Oct. 1855.) (¡Si, estos caballeros son "hombres listos" y no se entusiasman en balde por la rebelión proesclavista! ) sofiabcn.com Es decir, que la segunda característica de la forma equivalencial es que el trabajo concreto se convierte aquí en forma o manifestación de su antítesis, o sea, del trabajo humano abstracto. Academialloret El preludio de la transformación que ha de echar los cimientos para el régimen de producción capitalista, coincide con el último tercio del siglo XV. El licenciamiento de las huestes feudales –que, como dice acertadamente Sir James Steuart, “invadieron por todas partes casas y tierras”– lanzó al mercado de trabajo a una masa de prole­tarios libres y privados de medios de vida. El poder real, producto también del desarrollo de la burguesía, en su deseo de conquistar la soberanía absoluta, aceleró violentamente la disolución de las huestes feudales, pero no fue ésta, ni mucho menos, la única causa que la provocó. Los grandes señores feudales, levantándose tenazmente contra la monarquía y el parlamento, crearon un proletariado incom­parablemente mayor, al arrojar violentamente a los campesinos de las tierras que cultivaban y sobre las que tenían los mismos títulos jurídicos feudales que ellos, y al usurparles sus bienes de comunes. El florecimiento de las manufactureras laneras de Flandes y la consi­guiente alza de los precios de la lana fue lo que sirvió de acicate directo, en Inglaterra, para estos abusos. La antigua aristocracia había sido devorada por las guerras feudales, y la nueva era ya una hija de los tiempos, de unos tiempos en los que dinero es la potencia de las potencias. Por eso enarboló como bandera la transformación de las tierras de labor en terrenos de pastos para ovejas. En su Des­cription of England. Prefixed to Holinshed's Chronicles, Harrison describe cómo la expropiación de los pequeños agricultores arruina al país. “What care our great incroachers!” (¡Qué se les da de esto a nuestros grandes usurpadores!) Las casas de los campesinos y las viviendas de los obreros fueron violentamente arrasadas o entregadas a la ruina. “Consultando los viejos inventarios de las fincas seño­riales –dice Harrison–, vemos que han desaparecido innumerables casas y pequeñas haciendas de campesinos, que el campo sostiene a mucha menos gente, que muchas ciudades se han arruinado, aunque hayan florecido otras nuevas... También podríamos decir algo de las ciudades y los pueblos destruidos para convertirlos en pasto de ganados y en los que sólo quedan en pie las casas de los señores.” Aunque exageradas siempre, las lamentaciones de estas viejas crónicas describen con toda exactitud la impresión que producía en los hombres de la época la revolución que se estaba operando en las condiciones de producción. Comparando las obras de Tomás Moro con las del canciller Fortescue, es como mejor se ve el abismo que separa al siglo XV del XVI. Como observa acertadamente Thornton, la clase obrera inglesa se precipitó directamente, sin transición, de la edad de oro a la edad de hierro. artes graficas barcelona El descenso de población llevó naturalmente aparejado, a grandes rasgos, una disminución de la masa de productos. Para nuestros fines, basta con que nos fijemos en los cinco años de 1861 a 1865, durante los cuales emigran más de medio millón de irlan­deses, disminuyendo en más de 1/3 de millón la cifra absoluta de habitantes (véase cuadro A en la página siguiente). discotecas en barcelona Bien entrado el siglo XVII y lindando ya con la época de la gran industria, el capital, en Inglaterra, no había conseguido todavía adueñarse de la semana íntegra del obrero, ni aun pagándole el valor semanal de la fuerza de trabajo: la única excepción eran los obreros del campo. El hecho de que con el jornal de cuatro días pudiesen vivir una semana entera no les parecía a los obreros razón bastante para trabajar también a beneficio del capitalista los otros dos días. Una parte de los economistas ingleses, puesta al servicio del capital, denunciaba desaforadamente este abuso; otros, defendían a los obreros. Escuchemos, por ejemplo, la polémica entablada entre Postlethwayt, cuyo Diccionario comercial gozaba por aquel entonces del mismo predicamento que disfrutan hoy en día las obras de un MacCulloch o de un MacGregor, y el autor del Essay on Trade and Commerce, a quien citábamos más arriba.89 Oscus violant hongria Apruebo su idea de editar por entregas la traducción de El Capital. pisos en barcelona 221 “La burguesía no puede existir más que revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases so­ciales la precedieron, que tenían todas por condición primaría de vida la intangi­bilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrum­ban, y las nuevas envejecen antes de haber echado raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas a contemplar con mirada impasible su vida y sus relaciones con los demás.”



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